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Experiencias

 

Travesía de Barcelona a Menorca con atún incluido - Pepe Barguñó

Al pasar entre los faros rojo y verde que señalan la bocana del puerto dejamos atrás la protección de los diques, la tierra firme, el terreno conocido, para aventurarnos en un mundo nuevo para todos. Algunos de nosotros habíamos navegado anteriormente, otros era la primera vez que pisaban la cubierta de un velero, pero ninguno habíamos realizado nunca una travesía desde Barcelona a las islas Baleares. 

Izamos la vela mayor y el foque entre todos, atentos a las indicaciones del patrón, con la expectación de los niños que descubren un juego nuevo cuyas reglas todavía desconocen. A medida que nos adentrábamos en alta mar, el patrón nos explicó las cuestiones básicas de navegación y seguridad mientras íbamos olvidando las prisas, fatigas y tensiones de nuestras vidas cotidianas.

Poco a poco, disminuía en tamaño y nitidez la costa que dejábamos por nuestra popa para finalmente esconderse tras el horizonte. Una línea infinita de mar y cielo en cualquier dirección a la que mirase. El sol ocultó al oeste sobre el horizonte de agua para dejar paso a la noche en alta mar. Luna nueva, no había más iluminación que las luces de navegación del velero y sobre nuestras cabezas un universo de miles de estrellas brillando como nunca había visto. Aprendimos a distinguir las constelaciones principales y a encontrar la estrella polar que siempre marca el norte. Durante la noche nos turnamos en guardias de vigilancia haciendo compañía al patrón que siguió contando historias para no dormir, es decir para que no nos durmiéramos los que hacíamos guardia, creo yo.

La claridad del alba fue iluminando el cielo hacia el Este. El sol apareció impresionante sobre el mar, deslumbrando nuestros ojos dormidos y calentando nuestra piel rápidamente. Desayunamos en cubierta contemplando el espectáculo y minutos más tarde la carraca de la caña anunció la picada de un pez. Lentamente, evitando tensiones excesivas en el sedal fuimos acercando la pesca que resultó ser un pequeño atún de unos 3 kilos. Limpiamos el pescado en cubierta, quitando las tripas y aletas y directo a la nevera para ser devorado cuando llegásemos a destino unas horas más tarde.

De pronto, alguien entre desesperación e ilusión gritó “tierra a la vista”. No se veía a penas, pero a lo lejos bajos unas nubes bajas se distinguía una fina línea oscura que anunciaba el reencuentro con la tierra tras muchas horas de ausencia.

Horas más tarde entramos en una pequeña bahía en la costa norte de Menorca. Echamos el ancla en una cala protegida por altas colinas de rocas y pinos, al fondo una playa solitaria y unas aguas cristalinas esperando nuestro primer chapuzón. Nos dimos un banquete de atún bien fresco, brindamos por la experiencia inolvidable que habíamos realizado, la travesía desde la península a esta isla que veníamos a descubrir.

 

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